Convocatoria #NiUnaMenos: escribir y leer para entender

¿Nos vemos en el Congreso para decir ‪#‎NiUnaMenos‬ el 3/6 a las 17? Pasanos tu poema o relato para concientizar sobre la‪#‎ViolenciaDeGénero‬. Lo publicamos en el portal https://poetasperonistas.wordpress.com/. El día de la marcha vamos a repartir panfletos con textos seleccionados bajo esta consigna. A continuación, leé los últimos textos que nos llegaron:niunamenoss

La memoria de las flores

Cargo con un hombre que no entierro
pero evoco en cada uno de sus golpes.

Lo que duele, seguirá doliendo
hasta mirar a los ojos con mil ojos semejantes,
o hasta quebrarme en la violencia del tiempo.

Como una maquinaria de pasado
crujo y tiemblo en el tic tac de mi cabeza.

Karma de perdonar lo imperdonable
(de que no me hayan enseñado a quererme).

Yo quería silencio.Y yo era la prueba del silencio.

Me vi creciendo en un hombre,
como ciertos parásitos
que involucionan a la par del anfitrión.

Cargo con un hombre que es mi cuerpo.
Me empuja contra las paredes de mí misma.
Una vez más soy el embrión nonato
sostenido por el odio.

He de nacer y de morir en él mil veces
mientras esté atada a su deseo y su palabra.
Y me punza el miedo de que me mate una vez.

Mi alegría volverá
con una voz gigante
de diez mil mandíbulas definitivas.

Creceremos como el verde pútrido y perenne de los descampados,
donde las flores crecen
amadas por la más bella memoria.

Ezequiel Rodríguez


UN HOMBRE GALANTE 

Mientras va al encuentro de él

un desconocido la piropea,

ella se pone contenta, ha sido aprobada.

Él le abre la puerta,

ya que ella, parece que no puede hacerlo sola.

Él se hace cargo de la cuenta,

ya que ella no debe saber procurarse sustento.

Él le da la mano a bajar,

ya que ella no es hábil con su cuerpo.

Él le deja el lado de la pared,

ya que a ella, pobre, se la debe proteger.

Él la deja pasar primero

y, por un instante, es su fiero guardaespaldas carcelero.

Él le acerca la silla

dado que es evidente su absoluta inutilidad.

El se cree galante,

ella se considera mimada.

Él es el macho dominante,

ella es la hembra humillada.

–  –  –  –  –  –  –  –

“Susurrando gritos destemplados” – Daniel Eduardo Alonso (2014)


EN POCAS PALABRAS
Llanto.
¡Golpe!
¡Golpe!
Llanto.
Risa.
¡Golpe!
No quiero. Llanto.
¡Golpe!
Feto. ¿Ahora, ayer, mañana?
¡Golpe!
Aborto. ¡Llanto!
Sexo. No… o sí…
¡Golpe!
Llanto.
¡Golpegolpegolpe!
Llantollantollanto.
¡Golpe! Llanto. ¡Golpe!
Llanto. Pequeño llanto.
¡Gran golpe!
¡Mucho golpe!
Ínfimo aliento…llantito… Último aliento.
Suelo y derrumbe.
Ladrillo.
Polvo.
Fosa. Sin llanto.
¿Llanto?
Golpe, golpe, golpe, golpe.
Puños hachas.
Árboles y bosques femeninos.
Mujeres taladas.
¡Golpe!
¡Siempre golpes!

Alberto Hugo Saravalli


  TU FALACIA

Por creerte valiente he cometido
el milagro falaz y el cruel engaño,
de pensar que me amabas y eras mío,
y que eras incapaz de hacerme daño.

Fervientemente en vos, yo fui creyendo
cedí todos mis gustos por amarte,
te convertiste en amo de mis sueños,
mi ceguera febril, incontrolable.

Con caprichos tallaste el cruel desprecio,
tu obsesiva pasión desmesurada
me alejó de mi mundo y en silencio,
me fuiste censurando las palabras.

Me vestiste de prisa una noche
con el atuendo gris de tus insultos,
y azotaste mi cuerpo como broche,
convirtiendo a mi amor, en un difunto.

Un puño y un degrado y otro puño
sembraron el terror de mi destino,
rezando que no vuelvas a golpearme,
rogando que no seas mi asesino.

Sandra Ignaccolo


PUERTAS

Mientras jugaba en su cuarto Marcos escuchaba los golpes golpeando sobre la mesa. Los reclamos de él iban subiendo de tono y alcanzaban la dimensión de gritos a medida que escuchaba la voz de ella débil como un susurro, tratando de no perder la calma. Las palabras salían ahogadas por la impotencia, la furia, o por ese pudor que tenía Laura de no someter a su hijo a la misma y cotidiana conversación de sobremesa con Fernando, que invariablemente terminaba en insultos y golpes. Luego el silencio. Luego el sollozo.
Los vecinos se habían acostumbrado a la “pelea del cuarto C” y solo utilizaban la pelea para observar sus relojes, o confirmar que era más o menos el horario en que la discusión empezaba. Luego el silencio y el recomenzar del siguiente día. Las observaciones matutinas solo eran tema de conversaciones informales y mecánicas que contemplaban el impávido comentario sobre el tiempo, “lo mal que está todo”, la “maldita inseguridad” que nos mata y la pelea de anoche…como siempre.
El disimulo de los vecinos con Laura y Marcos formaba parte de ese círculo que iba aprisionando los acontecimientos de la misma manera que el puño de Fernando oprimía la garganta de ella. Nadie intervenía. El silencio que rodeaba la situación es el mismo silencio cómplice que acompaña a las tragedias que engendra la privacidad. Ese remedo de explicación que permite que la cobardía se invista de respeto por la situación privada de otros. Esas puertas que refugian el miedo, la indiferencia y el egoísmo de los individuos.
La noche del martes luego de que Laura llegara con Marcos de su trabajo se inició la cotidiana discusión que coronaba la cena. La puerta que separaba a Marcos de esa discusión era la última frontera de la lucha abismal entre el sentido común de Fernando que imputaba como causa de todos sus males a Laura y ella que soportaba esa relación solo por un malentendido sentido de paternidad y familia. Esas dos palabras con suficiente peso y tenacidad como para aplastar las conciencias más libertarias, sin embargo ese día la discusión era diferente, Fernando tomó la iniciativa en la larga serie de demandas a su esposa, pero Laura no lo dejó seguir. Se acercó tanto como pudo sorteando los golpes furibundos que el descargaba sobre ella, lo abrazo y cuando Fernando quería alejarla, asestó un certero cuchillazo directo al corazón que lo paralizó de inmediato. Él trastabilló y miró el techo, mientras Laura retrocedía. Fernando cayó pesadamente sobre la mesa y terminó derrumbándose muerto sobre las sillas. No habían alcanzado las denuncias, los pedidos de protección, los ruegos de Laura para que la violencia diaria y sistemática que ejercía su marido y la indiferencia generalizada del patriarcado judicial, evitaran la tragedia diaria de su marido golpeador. La tragedia como siempre se travistió de sentido común. Para Marcos su orfandad tiene responsables: la indiferencia y el sentido común.
FARABUNDO (Jorge R. Martínez).


CRACK

Crack fue el ruido que escuché.
Perverso es el que se apropia del otro en menoscabo de su subjetividad.
Perverso es el sistema que estaba encarnado por el odio de ese hijo de puta. Otro de tantos hijos de mil puta que no aceptan su homosexualidad, ni siquiera encarnada en el sufrimiento de los otros.
Cuando vi que el fierro del 8’ entraba en el cráneo de ese travesti, solo puedo recordar el sonido. Era demasiado, no podía estar viendo semejante cosa. El ruido fue en seco y su cuerpo al caer tuvo la desdicha de hacerlo como un látigo. Su cabeza rebotó dos veces en la vereda. Crack, maldito ruido que me deja impotente. Como la tiza que se rompe en una mesa. El quiebre del nuevo arrabal cordobés. Crack, del conurbano que en mi ciudad se vuelve más famoso. Pasta, para los campeones del desconocerse.
Eso me pasa por visitar a los poetas de los bordes que viven donde nadie se atreve.
Siempre dije que la realidad me pega como el sol de la noche en la cara, este es un maldito ejemplo.
La pateó en el piso y la orinó. Yo todavía seguía caminando cuando veía la sangre correr-me. La sangre me pedía que me quede, me buscaba. La impotencia del miedo hacía que su reclamo fuera en vano. Era sangre acostumbrada a oídos sordos. Oídos que se destapan cuando el horror recorre las alcantarillas de la zona del abasto.
Nadie va preguntar mucho por ese travesti. Es solo un cuerpo. No tiene valor y menos obra social. ¿Obra social?
!¿No es esto acaso una obra social?!
Perversos son los que pudieron curarla y la dejaron ahí cuando ella era aún joven. La familia que la relegó es perversa. Seguro que los psicólogos que no la supieron entender no están exentos de culpa. Hemos logrado que esas especies no lleguen a viejas. Hasta su mortandad ronda los treinta y cinco años. Le dimos un destino oscuro a nuestros pesares.
Perverso es el hijo de puta que le hizo eso.
Es ése que no anda con culpas.
¿Como nosotros?

Julián Castro


Y si nos vamos preparando para el después de #NiUnaMenos?
Empecemos por nosotras, entre nosotras…
Debemos: amarnos, respetarnos, valorarnos, cuidarnos, respetar los ámbitos sea el hogar, el trabajo, la calle…
Evitemos:difamarnos, enfrentarnos, criticarnos, calumniarnos, juzgarnos, sentirnos superiores o inferiores a otras, exponer nuestra privacidad…
Exigirnos respeto entre nosotras:
-soy mujer, no me grites
-soy mujer, cuida el tono en el que me hablas
-soy mujer, si me atendés en un comercio y por ej. busco ropa no hagas cara si soy gordita o muy flaquita
-soy mujer, y si me das un me gusta en el face, que al cruzarnos en la calle también me saludes
Si soy niña, ayudame a no perder mi inocencia;
Si soy adolescente, aconsejame, no esperes que te pida consejo;
Si soy soltera y elegí no tener hijos, no sientas lástima por mi, solo se trata de mi elección de vida..
Si sos casada o tenes un amor y formaste una familia, anda por la vida de tal forma que todos se sientan orgullosos de vos y de la opción de vida elegida.
Si sos, soltera, casada, viuda, enamorada, abandonada, engañada, y tenés un problema siempre encontraras otra mujer que esté dispuesta a escucharte..
Espero se me entienda, no podemos exigirle a toda la sociedad lo que entre nosotras todavía es deuda.
No es fácil, pero todo es posible.

Ale Páez.


¿Cómo participar de la convocatoria literaria #NiUnaMenos?

¿Por qué vas a ir a la marcha a decir ? Podés responderlo con tu poema o relato. Mandalo a somospoetasperonistas@gmail.com. Lo publicamos en esta página y puede ser seleccionado para imprimirse en una serie de panfletos que serán entregados gratuitamente el día de la marcha en el Congreso.

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Laura Ugo de Vicente López nos lo contó así en este relato:

VIVIR MUERTAS

La casa impecable, inmaculada.

Llena de muñecos de cerámica lustrados con paños y cuidadosa destreza.

Era un hombre muy trabajador, decía.

Llegaba tarde a casa. Yo  tenía  la comida preparada, decía.

Se iba al bar con los muchachos, tenía que despejarse, decía

¿Y vos abuela? ¿Qué hacías?

Yo tenía mucho que hacer, decía.

Había que ocuparse de los chicos de la casa, de la ropa.

Y él iba a trabajar, lógicamente. Era un hombre muy trabajador.

También, bueno…Hacia “sus cosas” por ahí, decía.

Pero yo me ocupaba de los chicos, y el no nos hacia faltar nada.

¿Que querías ser cuando eras joven abuela? ¿Cuando todavía no lo habías conocido?

No sé, ya ni recuerdo, qué importa.

La vida es así, decía. Las mujeres hacemos lo que tenemos que hacer.

¿Quien dijo eso, abuela?

Los ojos celestes, transparentes, acuosos, perdidos en el club Platense, donde alguna vez bailo el foxtrot  con su vestido especialmente preparado para la ocasión.

Nació en la calle  Mariano Acha  y allí  también había conocido al amor de su vida. Pero eso ya era muy lejano. Se caso como Dios  mandaba, con quien la mandaron sus padres. Crío sus hijos, cosió y tejió mantas y ropa, y en cada puntada iba guardando cada uno de sus sueños, cada vez más lejanos, cada vez mas perdidos.

La casa impecable, como su vida impecable, como Dios y la sociedad mandaban.

Murió sin prisa, sin pena, con ganas. Cerró los ojos celestes que despertaban suspiros en Saavedra, con el pelo prolijo y las manos cruzadas. Como muere la gente que vivió sin arrebatos. De vieja y de triste.

Abajo en las raíces de los arboles que nos dan sus sombra, la sangre y los huesos de esas mujeres hoy son mariposas y brisas que nos alientan a ir mas allá, que nos permiten romper los muñecos de cerámica, descolgar de las paredes los sueños, ensuciar la casa con adrenalina y soltarnos el pelo para esperar a nadie, comer en la cama y dormir un día, hasta tarde. Este suelo húmedo que nos pide a gritos que gritemos, que volemos, que no dejemos que no nos permitan  pensar, que no nos dejen sentir, que nos encierren en casas de cristal para empezar a morir cada día, con muerte lenta y dolorosa mientras afuera los pájaros cantan y el sol sale todos los días.

Sumemos a la lucha a esas mujeres asesinadas por el mandato social, por sus obligaciones, por sus propios miedos.

Que hoy no quede ni una, salgan todas a buscar sus sueños, por nosotras y por ellas que nos acompañan sin juzgarnos, porque de eso ya tuvieron  demasiado.

 

Por esas tantas mujeres  que no supieron de independencia económica, de soberanía sobre sus propios cuerpos y de justicia… De justicia ni hablar.

#NiUnaMenos también es una consigna de lucha desde las letras

niunamenospolo

Dibujo del artista Polo Castellanos (México) intervenido digitalmente.


Una mujer valiente

¿Julieta o Lucía? ¡Qué importa! Ella es ella. Una mujer única, hermosa, plena, valiente. Un ejemplo a seguir.

Todo el cielo en sus ojos, toda la pasión en sus labios, toda la claridad en su voz.

Un aura luminosa la cubre. Ella es transparente, por donde se la mire, y lo fue aún cuando tuvo que ocultar su identidad, aún cuando tuvo que huir.

Hasta sus treinta y cinco años fue Julieta, el nombre elegido por sus padres. Luego fue Lucía, tal vez por la luz que irradiaba, a pesar de vivir en plena oscuridad.

Había amado a ese  hombre durante muchos años. El mismo que intentó matarla. El mismo que borró el nombre de Julieta de todos los seres que la acompañaron hasta el día que cambió su vida. Todos los seres que la lloraron, creyendo que ya no formaba parte de este mundo.

Un grupo de personas desconocidas le regalaron una oportunidad y un nuevo nombre al que pudo adaptarse sin inconvenientes. Su título de docente le sirvió para volver a trabajar en lo que más le gustaba, pero con niños y adolescentes totalmente distintos a los de la gran ciudad que la había visto nacer. Niños y adolescentes que le devolvieron las ganas de soñar.

Cinco años pasaron. Cinco años la cambiaron. Cinco años la embellecieron, la rejuvenecieron, la despertaron.

Y pudo volver. Y pudo creer. Y pudo crecer. Y pudo amar.

La muerte de aquel ser despreciable le dio paso al regreso, tan esperado.

Volvió a su lugar, sin perder contacto con cada una de las personas que la habían acompañado allá, lejos, en una escuela de frontera.

Libertad, paz, amor, plenitud, fe, esperanza, en una bella mujer con una doble identidad y una única alma, pura, sensible y generosa.

Elízabeth Lencina (La Plata, Buenos Aires). Escribe cuentos, microrrelatos y novelas. Podés leerla más en elizabeth-lencina.blogspot.com.ar.


Maldita esperanza

Cuando voy por tu calle siento esperanza, la esperanza de la desesperanza. Estuve dos horas prepar·ndome para ello en el cuarto de baÒo, dos horas m·s estuve en mi habitaciÛn pero asÌ y todo, aunque meticulosa y delicada, aunque haya ajustado milÌmetro a milÌmetro donde hay que ajustar, prenda por prenda frente a mi sombra, pelo por pelo frente al espejo, cordÛn por cordÛn de cara al piso, mis zapatillas rosadas se derriten en el asfalto, me arden los pies y me bebo a fondo blanco el dolor, camino raro y siento que caigo, pero, no caigo yo, cae mi mundo, cae mi universo, cae mi ropa, no hay escondite m·s que mi piel, soy nada y todos me miran.

Soy nada y todos me miran, soy aire y todos me ven, soy nadie y todos me asignan papel, soy magia y todos me creen, soy sapo y todos me quieren, soy impotencia, soy nada, y realmente me es imposible escapar aunque mute, aunque escape. Si tan solo fuera hombre, si tan solo pudiera ir por dentro de las paredes, por bajo las aceras pero no, es tu calle y no la mÌa, yo no tengo mundo, yo no tengo universo, yo no tengo zapatillas, yo no tengo ropa, yo no tengo nada de eso que tanto cuidÈ antes de salir, yo no tengo yo.

Yo no tengo yo pero lo tendrÈ. Ya van tres cuadrasÖcuatroÖcinco y me detengo. No quiero m·s que tu calle sea tu calle la calle del taxista cÛmplice, del verdulero impasible y del albaÒil desesperado. No quiero m·s la esperanza de no desaparecer, no quiero m·s que los huesos de mis caderas se resquebrajen haciÈndome caminar raro, quiero tomar las horas que me doy y llevarlas a destino intactas, no quiero m·s juntar pedazos de mi cabeza una vez que me detengo, nunca los encuentro a todos y t˙ no me los devolver·s. No quiero detestarte, no quiero no querer, no quiero esquivar, no quiero transformarme, no quiero escapar, no quiero ensordecer, no quiero tantas cosas, no quiero, no quiero tus lunas, no quiero tus mares, no quiero tus flores, no quiero tu mierda, no quiero, no, no quiero tus piropos.

Cesarino Morales (Paso de los Libres, Corrientes). Podés leer más textos suyos en http://cuentosdelcesar.blogspot.com.ar/?view=magazine

#NiUnaMenos: Siguen llegando textos para concientizar sobre la violencia de género

En esta entrega, les presentamos textos que viajaron por la fibra óptica desde Olavarría, Moreno, Haedo, Córdoba Capital y Ayacucho para llegar a esta página y decirle NO a la violencia de género. Leélos y conocé a las autoras:

niunamenosdiego

Pintura: gentileza de Diego De Luca.


#NiUnaMenos
Ella, una zorra
una zorra que
quiere provocar
y muestra
lo que no debe

No lava, no plancha
más
“es una vaga”
ahora quiere laburar
y además
ser bien paga.

Es una puta
vive libre su
vida
y tiene sexo
con quien quiere.

Ella, rubia,
naturalmente tarada,
biológicamente humana
socialmente zorra.

Ella, su falda
es corta
sus piernas largas
sus pechos grandes.

Le habla a los hombres,
ergo,
ella buscona
ella busca
ella insinúa

Ella no se lo buscó

Ella es la zorra
que no podes dominar
que te dio vida
y encima queres golpear

Es la puta
que
te vuelve loco
que te rechaza
porque de su cuerpo es
única soberana.

Es la tarada,
la zorra,
es la yegua que te gobierna…

Y no lo olvides,
Ella
es
la puta que te parió.
la puta que nos hace parir.

la puta que parimos todos los días.

Micaela Baraibar (Moreno, Buenos Aires). Podés leerla en http://vuelomasalla.blogspot.com.ar/.


LA ESPERA

Pinchan mucho estas ramitas en los ojos y tengo algunas en la boca. Me cuesta respirar. Que tarde debe ser… Tengo ganas de estar en mi cama con mis sábanas y mi colcha de lanita. No hace frío pero tiemblo. Casi no veo, estoy todavía en el caminito cerca de la fuente del parque. Me doy cuenta porque entre las hojas secas rotas puedo sentir las pelotitas, esas rojas que tiene una planta de acá, las que juntamos con mi sobrina Ana cuando venimos los domingos. ¡Qué dolor!, todo me duele, las piernas no las puedo mover y estoy mojada, creo. Si pudiera estirarme, pero estoy tan cansada.
¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Mamá ya habrá notado que no llegué? ¿Se preguntará por qué no avisé que llegaría tarde de la facultad? ¿Por qué no llamé?
Si solo salieran a la calle a buscarme con papá. Estoy tan cerca. Pero no me puedo mover, tengo un sueño… pero no puedo dormirme, tengo que aguantar, alguien va a pasar. Alguien me va a ver.
Si no hubiese bajado una parada antes del colectivo esto no me pasaba. La próxima era la esquina de casa, ¡qué estúpida!. Quería caminar un poco, quería pensar si les contaba hoy o mañana lo de la beca. Me dieron la beca. Me parece que me sangra la nariz. Tengo el pelo y las hojas pegadas en la cara.
De haber seguido una parada más, ese bruto, al que ni siquiera le vi la cara cuando me empujó por la mochila, capaz que no me agarraba. No me traía con esa punta en la cintura hasta acá, justo al fondo del sendero de la plaza. Ahora esta oscuro y no pasa casi nadie. Estoy temblando pero tengo calor y más sueño y la cara fría, pegajosa.
Lo que más me dolió fue la última patada, la que me dio en la cara mientras se subía el pantalón y yéndose me decía puta, hija de puta.
¿Llegará mamá antes de que me duerma? Pasaron unos perros cerca, me olfatearon y siguieron, creo que escuché voces a lo lejos, pero no sé. Tengo tanto sueño.
Ojalá lleguen.

Trinidad Mujica (Ayacucho, Buenos Aires).


ADRIANA

Se parece a la anestesia del dentista:
puedo sentir el corte de la carne
el olor a hueso muerto flotando sobre mi cara
el momento exacto donde la sangre calienta
enorme, la boca.
Sin embargo, se quedarme quieta
con los ojos bien abiertos.
No es cosa de perderse el espectáculo
de la profanación del alma.

Laura Ayesa (Olavarría, Buenos Aires).


(Sin título)
Te dicen:
¿Y vos qué hiciste

¿Y vos qué hiciste
¿Qué hice para qué?
Y recordás el golpe,
el asfalto,
Que te persiguiera esa madrugada,
Que llegara borracho,
Y te dijera puta,
Los celos, mirá cómo me haces poner, decía,
Y recordás la manera en que sus palabras
Te odiaban
Te hacían pequeña,
Insignificante y vacía.

Vos no querías
Y por eso te violaba
¿Y qué hiciste?
Haber confundido amor con tortura
Eso hice.
Haber sentido que era merecido,
Sostener el silencio,
quedarse muda,
Aceptar el dolor como quien acepta un nombre,
Eso hice.

Pero ya no.
Un día dije no
por eso estoy viva
Y escribo
y pienso:
que hice lo que pude.
Pienso en las que ahora callan,
en las que están en silencio,
las que todavía faltan,
las que faltan.
Entonces toco mi cuerpo
(Ahí donde quedó la llaga),
Y agradezco que un día dije basta
Eso es lo que hice.

Carolina Giollo (Haedo, Buenos Aires).


(Sin título)
Él estaba frente a ella:
la desdibujaba…
un cuerpo
sin palabras,
lágrimas que tiñen
una cocina.
Mira esos árboles
y se emborracha de aire vespertino.
Vuelve a ese lugar
y corre, no se queda.
Asesina la inercia,
la estática, el miedo.
Siente que puede recuperar
sus pedazos.
Pero el alma no recibe
lo que duele.
Dar movimiento a la inconsciencia.
agonía de no poder elegir otra muerte.

Maria Loneliness (Córdoba capital, Córdoba).


La pasión de María Eva
Primera estación.
María Eva, es condenada a subordinación eterna por nacer de una costilla.
Segunda Estación.
María Eva, es condenada por obligar a el pecado a cubrirse el cuerpo parir con dolor.
Tercer Estación.
María Eva, es fecundada sin preguntarle si lo desea.
Cuarta estación.
María Eva, es obligada a parir en cualquier sitio.
Quinta Estación.
María Eva, es despojada de su hijo.
Sexta Estación.
María Eva, no puede salir a la calle sin que las costillas reclamen su propiedad.
Séptima Estación.
María Eva, es obligada a tener sexo.
Octava Estación.
María Eva, muere quemada por bruja.
Novena Estación
María Eva, muere de un tiro
Décima Estación
María Eva, es violada
Undécima Estación.
María Eva, es sometida por su padre.
Doceava Estación.
María Eva, muere en abortos clandestinos, es víctima de la trata, es una niña que tiene que ver a un hombre mostrarle sus genitales, es una mujer que no puede elegir con su cuerpo, Muere.
María Eva, no tiene suerte, nació mujer y las mujeres no resucitan al tercer día.

Claudia Almada – LetrasNegras

 

Más textos llegan por la convocatoria #NiUnaMenos

Escriben Estela Olivera Arauz (“MADRES DE LA MEMORIA, LA JUSTICIA Y LA VERDAD”, poema), Silvana Franco (“Cuadro de situación”, prosa) y Victoria De Paolo (“Las pastas del domingo”, relato). ¡Gracias a todas por participar de la convocatoria!

Nota del editor: Hay más textos que iremos publicando después. Mandanos el tuyo, concienticemos a través de las letras, sensibilicemos: que no haya ni una chica más víctima de la violencia de género.


“MADRES DE LA MEMORIA, LA JUSTICIA Y LA VERDAD”
No desfallezcan madres

madres con pañuelos blancos

que continúan marchando

Avivando el fuego contra la impunidad.

Madres con pañuelos blancos

que con su amor realumbraron

la causa de sus hijos masacrados

enarbolando la bandera de la verdad.

Madres con pañuelos blancos

a quienes una Azucena les arrebataron

pero  miles de Azucenas cultivaron

floreciendo en la Plaza de la hermandad.

Madres con pañuelos blancos

con la memoria al rescoldo, su coraje redoblado

pies hinchados y ampollados

que hicieron a los jueces sus martillos bajar.

Madres con pañuelos blancos

que volvieron a pujar, una vez y muchas más

para que, a la luz del día, se cerraran las rejas

con los dictadores y sus cómplices detrás.

Madres con pañuelos y cabellos blancos

de pasos lentos más no desalentados

que dignifican con su lucha

la memoria, la justicia y la verdad.

Estela Olivera Arauz- Marzo de 2015 (Derechos reservados)


Cuadro de situación”

Pasan sin ser vistas… O mejor dicho, lo mejor de ellas queda en la opacidad o en una transparencia cegadora.

Juegan con muñecas y vestidos.

Por maravillosa alquimia (que mucho adjudican a la naturaleza, pero que otros sospechamos un acto ancestral voluntario y aprendido) crecen de pronto en senos y caderas y manos habilidísimas.

Aman desesperadamente a hombres que no saben esperarlas.

Y, todos sabemos, de la desesperación a la desesperanza hay un solo paso.

A veces les cuesta darlo. Pero después…Ah! Después…se tornan invencibles: paren hijos, animales, plantas con una misma capacidad multiplicadora de panes y alegrías.

Animales sensuales y sensibles que erraron mucho tiempo su destino, hoy vuelven a la selva.

De pronto: un espejo delante las seduce. Se miran. Mientras dure el fulgor serán como Narciso. Y luego, como Alicia.

Entonces, nada les será prohibido.

El mundo tiene nombres femeninos: África oscura, Asia milenaria, Europa medieval, América la nueva, Oceanía.

Nombres y cuerpos femeninos, plenos de curvas y mareas, sismos, corrientes subterráneas.

Atención…que las sirenas cantan.

Y, cabe la sospecha, de que ya no haya lugar donde amarrarse. (O que el lugar esté en llamas).

Abrazarse a ellas: abrasarse. Algunos hombres comprenden y se entregan. Los demás escapan.

No estoy hablando de victorias feministas. Esto no es más que un cuadro de situación.

La mujer, como el escorpión de la fábula, ha reconocido su propia naturaleza.”

Silvana Franco, en Cuestión de género, 1998.


“Las pastas del domingo” 

La mesa estaba servida. Hacía tres años ya que Facu había muerto y, sin embargo, mamá no

dejaba de reservarle un lugar en la mesa del domingo. Por aquellos tiempos yo tenía apenas

8 años, estaba en tercer grado, y me divertía leyendo historietas de vaqueros, o jugando a la

pelota con los pibes de la cuadra, o ayudando a papá con los asuntos del taller.

Aquel domingo papá estaba milagrosamente de buen humor, mamá servía las pastas y

tarareaba ese tango que todavía recuerdo mientras la abuela terminaba de darle el último

retoque a la salsa. Sonó el timbre en plena hora del almuerzo, los cuatro nos miramos, y

papá, sacudiendo el repasador que llevaba en la falda y posándolo en el respaldo de la silla,

se levantó creyendo que quizá una vez más yo lo había desobedecido. Cuando abrió la

puerta se encontró a una vecina del piso de abajo, Doña Juana, que venía a pedirle a mamá

la tortera que le había prestado en la semana. El perro era un poco malo con la gente que no

conocía, pero siempre nos habían causado gracia sus pequeños ataques de furia contra

cualquiera que quisiese cruzar el umbral que separaba el pasillo de nuestra casa. Ataques

inofensivos acordes a su tamaño. A nosotros no nos hacía nada, porque cuando lo intentó,

una sola vez, papá le pegó duro y se le fueron las ganas de hacerle frente a alguien de la

familia. Pero esa vez nos reímos tanto con la cara de susto de Doña Juana, que papá casi se

ahoga con un pedazo de pan casero para las pastas de la abuela, agnolotis a los cuatro

quesos, su comida favorita. “Escupí Mario, escupí”, mamá le dio un par de golpes en la

espalda, un par de golpes en los que se podía entrever cierta agresión resignada, y papá,

todo colorado, escupió el pedazo de pan, ahí, en el piso limpio, lleno de baba, al lado de la

mesa. Y mamá lo miró con la mirada oscura y la boca sellada, sin palabras. Y continuó

mirándolo así, como esperando una disculpa mientras él se sentaba a la mesa, antes que

nadie, y se embutía con las pastas calientes y jugosas que empezaban a perder el gusto de

“momento agradable en familia”. Mamá se levantó con fastidio, agarró un trapo de la

cocina y limpió el piso con la resignación de un condenado a muerte; después se sentó,

apartó el plato de comida y me preguntó algo que ya no me acuerdo.

Los hechos, aunque transcurrieron con la velocidad de un accidente, yo los recuerdo en

cámara lenta, como si en ese momento el tiempo se hubiera detenido para siempre.

Respondí en un murmullo, todavía con la sonrisa dibujada en la cara, y enseguida, “Dale,

comé”, y papá le acercó el plato. Ella se quedó mirando el vacío a través de mis ojos: “No

quiero comer, se me fue el hambre”, le respondió, “Bueno, che, ponés cara de ojete por

cualquier boludez”, le hablaba con la boca llena, escupiendo, mientras bebía el tercer vaso

de Vasco Viejo desde que nos sentamos a la mesa. Ella pinchó un agnolotti frío y se lo

llevó a la boca. Masticaba con evidente desgano y una vez que hubo tragado, lo miró y dijo

envalentonada, “No voy a comer más y si me enculo por cualquier boludez es problema

mío”.

No sé en realidad qué fue lo que desató la furia, y todavía hoy sigo sin entender, aunque

entender se haya transformado en la balsa a la cual me aferro. El se levantó como con un

resorte, pateando hacia atrás la silla, como una explosión, mientras la agarraba de los pelos

de la nuca y le metía la cabeza de lleno en el plato. “Vas a comer todo lo que yo diga, ¿ves

cómo comés?”, dijo mientras ella manoteaba el aire intentando zafarse de aquel hombre

lechoso y corpulento, con aureolas de transpiración bajo el brazo y gotas brotando de su

frente. Yo me levanté y caminé hacia atrás hasta quedar acurrucado en un rincón, testigo

una vez más, de las repetidas escenas, y la abuela les decía “chicos, no se peleen que

estamos comiendo”.

“Ves, vos siempre igual, me cagaste el almuerzo, andá a lavarte la cara, pelotuda”, dijo

soltándola como perdonándole la vida, “y preparame otra cosa que esto frío es una cagada,

y agarrá al maricón de tu hijo… ¿qué mierda hacés ahí abajo? ¿vos también la querés

ligar?… Si me tuvieran tanto miedo no me harían renegar de esta manera…”.

Mamá se dio vuelta y me miró, agarró un repasador, se limpió la cara, me levantó con

cariño y mientras íbamos para el baño, me dijo entre susurros: “Vos quedate en la pieza que

esto no va a volver a pasar, te lo prometo.”, me besó la frente y yo entré en la habitación

lleno de miedo y me acosté en la cama, tapado hasta la cabeza, tratando de no escuchar.

El resto es sólo eso, restos, una reconstrucción, lavada de emociones. Mamá se enjuagó la

cara con agua y jabón, fue a la habitación, abrió el cajón donde todos sabíamos papá

guardaba el arma, la ocultó debajo del saco gris que llevaba puesto y volvió a la cocina,

donde él estaba ya más tranquilo, sentado a la cabeza de la mesa, esperando que fueran a

servirlo, mientras la abuela terminaba de pasar el trapo y acomodar el desastre que había

quedado.

Cuando se enfrentó a él, se paró firme con la piernas entreabiertas como había aprendido en

la tele, sacó el revólver y le apuntó. El se la quedó mirando, mientras se levantaba lento y le

hablaba en tono monocorde: “Ahora me querés matar, hija de puta, dame eso antes de

que…” Apretó el gatillo, pero el arma no tenía balas, y tiró una vez tras otra, mientras él se

acercaba y ella se desplomaba rogándole: “Por nuestro hijo, por favor…” porque sabía lo

que venía. El la agarró de los pelos y sacudió su cuerpo flaco y huesudo como una bolsa de

papas, de un lado para otro, hasta que cayó sobre una mesa con cristales y adornos que ella

cultivaba como un jardín para departamentos de dos ambientes. Lastimada, se levantó como

pudo, como ya sabía que podía, y caminó hasta la pileta de la cocina a tirarse agua en las

lastimaduras. El presionó el revólver contra su mejilla con la intención de dejar una marca,

“Con esto me querías matar, hija de re-mil putas…”, ella le sacó el brazo como quien aleja

un moscardón molesto, y él le puso un cachetazo que la tiró al suelo, contra la silla, y una

vez ahí tirada estalló en ira, y empezó a darle patadas hasta que dejó de gritar. Después se

separó del cuerpo de mi madre, se apoyó exhausto sobre el mueble de la cocina y por un

momento se detuvo a pensar, hasta que me vino a buscar para que lo ayudara, para que la

llevara yo al hospital porque él no iba a poder ir, porque mamá se había puesto nerviosa y

él de alguna manera la tenía que parar, y yo no entendía pero decía que sí con la cabeza

como un autómata. Eran las tres y cuarto cuando la abuela y yo salimos en un taxi con

mamá desmayada hacia el Hospital, del que nunca salió.

Victoria De Paolo (Buenos Aires, Argentina).

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