[RELATO] Así en la tierra como en el cielo, por Virginia Feinmann

Mugica-A-04-evita

Esa tarde la pelota estaba rara. No giraba, no picaba.

-¡Pasala Carlitos!

-La paso, qué querés –pateé fuerte y apenas se movió. Me volvió a los pies como un animal manso. Lo miré a Ricardo para patear de nuevo. Pero no pude. La pelota quieta. Y un rayo de sol que la iluminó, un brillo que me hizo cerrar los ojos. Me fui del potrero.

Papá llegaba todos los días a las nueve y diez. Ya se oían sus botas por el pasillo.

Lo esperé en la puerta. Marta y Carmen que me miraban serias.

-Papá, quiero ser sacerdote.

-No me jodás, Carlitos –me empujó suave pero firme.

–Papá, Dios me llama.

Éramos muchos vestidos de blanco. Íbamos en procesión de Corpus para bajar al tirano. Nos habían quemado iglesias. Nos habían ofendido.

Lo conseguimos poco después. Salí a festejar ese día. Las campanas de la Catedral celebraban nuestro triunfo. De vuelta en el conventillo encontré a Pepe que lloraba, los mocosos prendidos a su pantalón con miedo. Rosa sobre la pared descascarada, rezándole al cuadro de Evita.

¿De qué lado estaba Dios entonces?

Vosotros que habéis oído la llamada de los pueblos que sufren –decía la encíclica de Paulo VI–, vosotros que trabajáis para darles respuesta, sois los apóstoles del desarrollo auténtico y verdadero que no consiste en la riqueza egoísta y por sí misma, sino en la economía al servicio del hombre, el pan de cada día, distribuido a todos.

Lo miré a Bresci, lo miré a Ricciardelli.

Dios estaba de nuestro lado.

Patrón y opresor significan lo mismo –les dije a los hacheros de Santa Fe. Los hijos se les morían deshidratados aunque tuvieran la comunión.

Violencia es el hambre –les dije a los pibes del Buenos Aires–. Cristo expulsó con violencia a los mercaderes del Templo.

Los pobres se expresan en este movimiento, pensé. En este líder de obreros y trabajadores que volvió para nuestra liberación. Mis hermanos de la villa, los gritos, el llanto. El barro, las aguas servidas, su pan necesario. Sus esfuerzos dignos.

Estoy dispuesto a morir pero no a matar.

Qué linda está la parroquia de Vernazza en Mataderos. Pareciera que las velas brillan más que otras noches. ¿Qué hacemos? –dijo Ricardo– ¿vamos en dos autos o en uno? ¿Dónde quieren morfar?, cuando el fuego me alcanzó el cuerpo.

Una luz. Y la gloria de morir por ellos. Un pensamiento de amor para mis hermanos,

incluido el que me disparó.

Ahora mi mano sostiene cada ladrillo que levantan. Se posa en la frente de los chiquilines con fiebre. Empuja la pelota del picado para el gol del último minuto. Cuando las nubes se corren, desde esa franja de cielo celeste los miro. Sigo estando con ellos.

Fuente de la pieza gráfica: http://www.nuevatierra.org.ar/

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s