[CRÓNICA] “No hablen así de mis hermanos villeros”

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*por Natasha Deligiannis.

Este domingo la Villa 31 se revolucionó. Por todos lados la cara de uno de los villeros se replicaba. Remeras, estandartes, pinturas, murales, souvenires, banderas de cancha, hasta en el guiso preparado para más de mil personas se respiraba esa presencia que se hacía fiesta. Es que en la Parroquia Cristo Obrero se celebraba la vida y la lucha del Padre Carlos Mugica, a 41 años de su asesinato a manos de la Triple A.

Vecinos, militantes, y religiosos empezaron a llegar bien temprano al playón de la parroquia, que también funciona como Hogar de tránsito para personas en recuperación de adicciones, comedor y espacio donde se brindan talleres artísticos y de oficios. A las 11 empezó la misa, en una sala modesta y muy adornada, que se llenó al límite de su capacidad. Fue oficiada por el Padre Guillermo Pablo Torre, alma y motor del lugar. Ubicada en la entrada de la iglesia, la tumba donde descansan los restos del cura villero, estaba adornada con flores naturales de distintos colores. Los más devotos la tocaban y hacían el símbolo de la cruz.

Más tarde, una vez concluida la ceremonia, los invitados fueron casi en procesión hacia la canchita de la Parroquia donde había un gran escenario. Por ahí pasaron bandas de folklore, y bailaron grupos de las distintas colectividades que abundan en la villa, como la boliviana y la paraguaya, con sus llamativos trajes típicos. También desfilaron los niños que forman parte del grupo de referentes territoriales contra el paco, y que cada fin de semana van al Hogar a jugar, a aprender y a enseñar. Los chicos de los equipos de fútbol de la 31 tuvieron su espacio en la tarima, y contaron con la presencia y apoyo del presidente de River, Rodolfo D’Onofrio, quien festejó la actividad y a los pequeños jugadores que lo acompañaban. Al encuentro no faltaron compañeros históricos de “la bestia rubia” – así lo llamaban a Mugica por su voracidad en todo lo que hacía- como Teófilo Tapia, referente villero, y Ricardo Capelli, amigo y sobreviviente de la balacera que lo mató. Cuentan que el mismo cura pidió que lo salvaran a su acompañante, que él no llegaría a sobrevivir. Y así se fue. Tampoco faltó el hijo de Leonardo Favio, Nicolás, que prometió volver y dijo que llevaría las cenizas del cineasta peronista por antonomasia para que descansen allí.

En distintos puestos, ya pasado el mediodía, se ofreció a todos los asistentes un “guisazo” de arroz con carne. Nadie se quejó, y las filas crecieron hasta que sólo quedaron unas dos ollas. Del taller de oficios del hogar se vendían objetos hechos en madera, entre otras cosas. Además se hizo una muestra de las obras artísticas del taller de arte-terapia, realizadas por las personas que acuden al lugar a rehabilitarse de adicciones.

Esta fue una tarde a puro compartir, donde el límite entre uno y otro era confuso: había un sentimiento de hermandad que no nos permitía ponerle mala cara a nada. Sería, tal vez, el espíritu de Mugica que nos invadió.

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