Más textos llegan por la convocatoria #NiUnaMenos

Escriben Estela Olivera Arauz (“MADRES DE LA MEMORIA, LA JUSTICIA Y LA VERDAD”, poema), Silvana Franco (“Cuadro de situación”, prosa) y Victoria De Paolo (“Las pastas del domingo”, relato). ¡Gracias a todas por participar de la convocatoria!

Nota del editor: Hay más textos que iremos publicando después. Mandanos el tuyo, concienticemos a través de las letras, sensibilicemos: que no haya ni una chica más víctima de la violencia de género.


“MADRES DE LA MEMORIA, LA JUSTICIA Y LA VERDAD”
No desfallezcan madres

madres con pañuelos blancos

que continúan marchando

Avivando el fuego contra la impunidad.

Madres con pañuelos blancos

que con su amor realumbraron

la causa de sus hijos masacrados

enarbolando la bandera de la verdad.

Madres con pañuelos blancos

a quienes una Azucena les arrebataron

pero  miles de Azucenas cultivaron

floreciendo en la Plaza de la hermandad.

Madres con pañuelos blancos

con la memoria al rescoldo, su coraje redoblado

pies hinchados y ampollados

que hicieron a los jueces sus martillos bajar.

Madres con pañuelos blancos

que volvieron a pujar, una vez y muchas más

para que, a la luz del día, se cerraran las rejas

con los dictadores y sus cómplices detrás.

Madres con pañuelos y cabellos blancos

de pasos lentos más no desalentados

que dignifican con su lucha

la memoria, la justicia y la verdad.

Estela Olivera Arauz- Marzo de 2015 (Derechos reservados)


Cuadro de situación”

Pasan sin ser vistas… O mejor dicho, lo mejor de ellas queda en la opacidad o en una transparencia cegadora.

Juegan con muñecas y vestidos.

Por maravillosa alquimia (que mucho adjudican a la naturaleza, pero que otros sospechamos un acto ancestral voluntario y aprendido) crecen de pronto en senos y caderas y manos habilidísimas.

Aman desesperadamente a hombres que no saben esperarlas.

Y, todos sabemos, de la desesperación a la desesperanza hay un solo paso.

A veces les cuesta darlo. Pero después…Ah! Después…se tornan invencibles: paren hijos, animales, plantas con una misma capacidad multiplicadora de panes y alegrías.

Animales sensuales y sensibles que erraron mucho tiempo su destino, hoy vuelven a la selva.

De pronto: un espejo delante las seduce. Se miran. Mientras dure el fulgor serán como Narciso. Y luego, como Alicia.

Entonces, nada les será prohibido.

El mundo tiene nombres femeninos: África oscura, Asia milenaria, Europa medieval, América la nueva, Oceanía.

Nombres y cuerpos femeninos, plenos de curvas y mareas, sismos, corrientes subterráneas.

Atención…que las sirenas cantan.

Y, cabe la sospecha, de que ya no haya lugar donde amarrarse. (O que el lugar esté en llamas).

Abrazarse a ellas: abrasarse. Algunos hombres comprenden y se entregan. Los demás escapan.

No estoy hablando de victorias feministas. Esto no es más que un cuadro de situación.

La mujer, como el escorpión de la fábula, ha reconocido su propia naturaleza.”

Silvana Franco, en Cuestión de género, 1998.


“Las pastas del domingo” 

La mesa estaba servida. Hacía tres años ya que Facu había muerto y, sin embargo, mamá no

dejaba de reservarle un lugar en la mesa del domingo. Por aquellos tiempos yo tenía apenas

8 años, estaba en tercer grado, y me divertía leyendo historietas de vaqueros, o jugando a la

pelota con los pibes de la cuadra, o ayudando a papá con los asuntos del taller.

Aquel domingo papá estaba milagrosamente de buen humor, mamá servía las pastas y

tarareaba ese tango que todavía recuerdo mientras la abuela terminaba de darle el último

retoque a la salsa. Sonó el timbre en plena hora del almuerzo, los cuatro nos miramos, y

papá, sacudiendo el repasador que llevaba en la falda y posándolo en el respaldo de la silla,

se levantó creyendo que quizá una vez más yo lo había desobedecido. Cuando abrió la

puerta se encontró a una vecina del piso de abajo, Doña Juana, que venía a pedirle a mamá

la tortera que le había prestado en la semana. El perro era un poco malo con la gente que no

conocía, pero siempre nos habían causado gracia sus pequeños ataques de furia contra

cualquiera que quisiese cruzar el umbral que separaba el pasillo de nuestra casa. Ataques

inofensivos acordes a su tamaño. A nosotros no nos hacía nada, porque cuando lo intentó,

una sola vez, papá le pegó duro y se le fueron las ganas de hacerle frente a alguien de la

familia. Pero esa vez nos reímos tanto con la cara de susto de Doña Juana, que papá casi se

ahoga con un pedazo de pan casero para las pastas de la abuela, agnolotis a los cuatro

quesos, su comida favorita. “Escupí Mario, escupí”, mamá le dio un par de golpes en la

espalda, un par de golpes en los que se podía entrever cierta agresión resignada, y papá,

todo colorado, escupió el pedazo de pan, ahí, en el piso limpio, lleno de baba, al lado de la

mesa. Y mamá lo miró con la mirada oscura y la boca sellada, sin palabras. Y continuó

mirándolo así, como esperando una disculpa mientras él se sentaba a la mesa, antes que

nadie, y se embutía con las pastas calientes y jugosas que empezaban a perder el gusto de

“momento agradable en familia”. Mamá se levantó con fastidio, agarró un trapo de la

cocina y limpió el piso con la resignación de un condenado a muerte; después se sentó,

apartó el plato de comida y me preguntó algo que ya no me acuerdo.

Los hechos, aunque transcurrieron con la velocidad de un accidente, yo los recuerdo en

cámara lenta, como si en ese momento el tiempo se hubiera detenido para siempre.

Respondí en un murmullo, todavía con la sonrisa dibujada en la cara, y enseguida, “Dale,

comé”, y papá le acercó el plato. Ella se quedó mirando el vacío a través de mis ojos: “No

quiero comer, se me fue el hambre”, le respondió, “Bueno, che, ponés cara de ojete por

cualquier boludez”, le hablaba con la boca llena, escupiendo, mientras bebía el tercer vaso

de Vasco Viejo desde que nos sentamos a la mesa. Ella pinchó un agnolotti frío y se lo

llevó a la boca. Masticaba con evidente desgano y una vez que hubo tragado, lo miró y dijo

envalentonada, “No voy a comer más y si me enculo por cualquier boludez es problema

mío”.

No sé en realidad qué fue lo que desató la furia, y todavía hoy sigo sin entender, aunque

entender se haya transformado en la balsa a la cual me aferro. El se levantó como con un

resorte, pateando hacia atrás la silla, como una explosión, mientras la agarraba de los pelos

de la nuca y le metía la cabeza de lleno en el plato. “Vas a comer todo lo que yo diga, ¿ves

cómo comés?”, dijo mientras ella manoteaba el aire intentando zafarse de aquel hombre

lechoso y corpulento, con aureolas de transpiración bajo el brazo y gotas brotando de su

frente. Yo me levanté y caminé hacia atrás hasta quedar acurrucado en un rincón, testigo

una vez más, de las repetidas escenas, y la abuela les decía “chicos, no se peleen que

estamos comiendo”.

“Ves, vos siempre igual, me cagaste el almuerzo, andá a lavarte la cara, pelotuda”, dijo

soltándola como perdonándole la vida, “y preparame otra cosa que esto frío es una cagada,

y agarrá al maricón de tu hijo… ¿qué mierda hacés ahí abajo? ¿vos también la querés

ligar?… Si me tuvieran tanto miedo no me harían renegar de esta manera…”.

Mamá se dio vuelta y me miró, agarró un repasador, se limpió la cara, me levantó con

cariño y mientras íbamos para el baño, me dijo entre susurros: “Vos quedate en la pieza que

esto no va a volver a pasar, te lo prometo.”, me besó la frente y yo entré en la habitación

lleno de miedo y me acosté en la cama, tapado hasta la cabeza, tratando de no escuchar.

El resto es sólo eso, restos, una reconstrucción, lavada de emociones. Mamá se enjuagó la

cara con agua y jabón, fue a la habitación, abrió el cajón donde todos sabíamos papá

guardaba el arma, la ocultó debajo del saco gris que llevaba puesto y volvió a la cocina,

donde él estaba ya más tranquilo, sentado a la cabeza de la mesa, esperando que fueran a

servirlo, mientras la abuela terminaba de pasar el trapo y acomodar el desastre que había

quedado.

Cuando se enfrentó a él, se paró firme con la piernas entreabiertas como había aprendido en

la tele, sacó el revólver y le apuntó. El se la quedó mirando, mientras se levantaba lento y le

hablaba en tono monocorde: “Ahora me querés matar, hija de puta, dame eso antes de

que…” Apretó el gatillo, pero el arma no tenía balas, y tiró una vez tras otra, mientras él se

acercaba y ella se desplomaba rogándole: “Por nuestro hijo, por favor…” porque sabía lo

que venía. El la agarró de los pelos y sacudió su cuerpo flaco y huesudo como una bolsa de

papas, de un lado para otro, hasta que cayó sobre una mesa con cristales y adornos que ella

cultivaba como un jardín para departamentos de dos ambientes. Lastimada, se levantó como

pudo, como ya sabía que podía, y caminó hasta la pileta de la cocina a tirarse agua en las

lastimaduras. El presionó el revólver contra su mejilla con la intención de dejar una marca,

“Con esto me querías matar, hija de re-mil putas…”, ella le sacó el brazo como quien aleja

un moscardón molesto, y él le puso un cachetazo que la tiró al suelo, contra la silla, y una

vez ahí tirada estalló en ira, y empezó a darle patadas hasta que dejó de gritar. Después se

separó del cuerpo de mi madre, se apoyó exhausto sobre el mueble de la cocina y por un

momento se detuvo a pensar, hasta que me vino a buscar para que lo ayudara, para que la

llevara yo al hospital porque él no iba a poder ir, porque mamá se había puesto nerviosa y

él de alguna manera la tenía que parar, y yo no entendía pero decía que sí con la cabeza

como un autómata. Eran las tres y cuarto cuando la abuela y yo salimos en un taxi con

mamá desmayada hacia el Hospital, del que nunca salió.

Victoria De Paolo (Buenos Aires, Argentina).

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