Crónica| No sé si no me gusta más que el rock

Un calor de perros esta tarde. Tipo cinco llego a Parque Centenario. Llevo un bolsito con libros para parchar. El lugar está que estalla. Del lado de adentro de las rejas no cabe un alfiler. Así que me voy para la calle y tiro la manta al costado de uno que vende aros y enfrente de otro que también tiene libros. En ese ángulo, casi no se escucha lo que se dice por micrófono. Sólo alguna frase remarcada y el consecuente aplauso y cántico festivo como broche a los temas que se van tratando.
Se llena cada vez más. Del lado que estamos nosotros, la gente no para de pasar. En un momento frena una señora y observa. Atónita, con expresión de no entender de qué se trata tanta aglomeración repentina, me pregunta.
—Disculpe ¿Quién toca?
—Kicillof –-sólo le respondo
Me mira horrorizada, casi al punto de la persignación. Sin esbozar palabra se retira, abriéndose paso entre semejante romería humana.
Más o menos una hora después termina. Seguido por la caravana de familias que, hasta un minuto atrás, escuchaban atentamente un discurso de índole económico, mateando bajo la resolana, sale del Parque y se mete un auto. Levanta la mano y saludando por la ventanilla, se va.
La gente, a los costados de la avenida, se queda cantando. Los autos, las motos y los colectivos, pasan entre el cordón humano. Algunos también se suman al coro y levantan los dedos en ve. Otros no se sienten tan conformes con lo que sucede y esbozan alguna palabrota o tocan bocina, entre tanto alboroto.
Durante un buen rato, las familias, los muchachos, los viejos, se quedan a la vera de la avenida, cantando, aplaudiendo, bailando e incluso saltando, algunos con los pibitos en hombros, otros abrazados.
Como soy más bien morrudito y retacón, deseando alcanzar a ver mejor la magnitud de tamaño evento, me subo a la reja para así comprobar lo que seguramente, los medios hegemónicos, no nos van a servir en el “digestivo incendio” de esta noche, ni en el de mañana tampoco. Entonces corroboro por mí mismo. Ya habiendo terminado hace un rato, se siguen manteniendo cristianos de parado en esta profana comunión.
Me es inevitable recordar ciertos recitales. Tiene una fuerza visual poderosa. Eufórica, esta marejada social entona cánticos y emociona.
Cualquiera que lo ve de afuera podría pensar, tranquilamente, que acabamos de ganar algo.
Calculo que no estaría tan equivocado.
Por Gito Minore 20-12-15
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