GALERÍA DE POETAS | Alejandro Rubio, a la carta

Alejandro Rubio (Buenos Aires, 1967). Poeta, narrador y crítico. Su poesía reunida se titula La enfermedad mental. Ha participado en varias antologías del país y el extranjero. En narrativa ha publicado Diario (La calabaza del diablo, Chile) y La garchofa esmeralda (Mansalva). Colaborador en Diario de Poesía, Los Inrockuptibles y Mancilla, entre otros  medios. Codirector del portal de poesía http://www. poesia.com entre 1996 y 2006. Actualmente trabaja como administrativo especializado en la Secretaría de Deportes de la Nación. Participó de “Mil poemas, mil flores”, en el Centro Cultural Kirchner.
ALEJANDRO RUBIO
La información 
 
Martes cuatro, la ley nueva
todavía se discute, 99 por ciento
de humedad. El depto huele a coliflor,
en cientoveinticuatro planchas la grasa
crepita, las familias se desplazan hacia la mesa
y juegan con el cuchillo, el tenedor, el vaso, la cuchara.
Estoy liquidado. Mi hijo también,
por otra parte; pero él
no debe saberlo, debe pensar que aún hay lugar
entre ésos que son, van, vienen,
se mueven, edifican. Para salvarlo
del tedio vecinal yo mismo edifiqué
un búnker en el living; sentados detrás
de la metra soviética miramos todo el día
televisión por cable.
Jueves ocho, la ley no salió, media ciudad
respira aliviada, la otra mitad
se pincha el ojo al tratar de ensartar
otro bocado de carne. Sábado seis
o sábado siete, el nene ya gatea, resistimos
con la última tira de munición; tengo miedo
a que corten la luz, bajen el martillo
y el anuncio llegue en forma de aullido
de lechón desangrado hasta donde estoy
con la mochila a los pies, el bebé a la espalda,
mordiendo comida fría.

La vida y el canto 
 
Esos, los de antes, decían que, sobre todo
en la autopista y en, de noche, las bocas tapiadas
del sube nuevo, algo parecía
moverse.
Efectivamente se movía.
La capital de Suroccidente es ahora una grande y hermosa
ruina; entre pilares
de monumentos fachosoviéticos se pasean filigranas
humosas, turistas, periodistas, carteristas,
animales de una y tres patas. Los rapsodas ciegos
se recuestan en vergeles virtuales y chuponean cigarrillos
Virtuales, es así, el viento tañe solo entre las hojas.
Está el ritmo, las letras, partes sueltas
de melodías, arreglos mil, pero ante el público
se les traba la lengua, callan, dicen no saber,
no poder, no querer; se consuelan con eso
de que La Historia, émula del tiempo, testigo
de lo pasado, ejemplo y aviso
de lo presente, advertencia…


Continuando 
 
A partir de ahí no quiso escuchar más nada:
se guardó, cortó las líneas, se dedicó a regar las plantas
y, en la sombra su cara de entendido, a leer la revista
del cable, aunque por las canillas seguía saliendo
el dolce licor de óxido, y continuaban afuera
con la emisión de noticias y los niños y los púberes
por el jardín y la plaza corrían
con las manitos abiertas, bailaban, cantaban canciones
pornográficas, dejaban hojas de afeitar
en el tobogán, ahora también se llevan
las cadenas de la hamaca, en fin.
(todos extraídos de Música Mala, Vox, 2007)

La mente de Perón 
 
Sólo hay fotos.
Son falsas.
El hombre bajo,
ridículo, caminando
atrás, con un paraguas
lo protege.
Y desde otro punto
de vista: detrás del vidrio,
de las gotas en el vidrio,
el perfil, indio,
de prócer.
Esto no existe.
Es sólo el cadáver.
Como si la mente
proyectara la trama de su mente
en todas las mentes.
Menemmente.
Cafieramente.
Ludermente.
Miguelmente.
Isabelmente.
Emanaciones
de un dios
que se expanden,
se debilitan,
por los espacios infinitos,
finitos…
Y nada de Evita.
Evita es el mito
montonero-progresista-
académico, nada de charla
sobre Evita y Jamandreu,
nada de poemas lujosos
sobre el cadáver de la reina puta.
Evita es el cadáver y punto.
Sólo la mente vence al tiempo,
organizada, ramificada
en pelos y dendritas, en nudos
de los que brotan otros nudos,
para invadir
incluso el verano del 96,
cuando creías que el pueblo
merecía morir, incinerarse
en su propia gomosa estupidez.
Sólo la trama
de la mente y la organización
vence al cuerpo, al pueblo.
Ni pintura de uñas
roja cada dos sílabas,
ni lamentos, ni piedad,
ni encuestas: mente
y organización, juntas,
vencen.
A los enemigos
y a los amigos.
A los profetas
y a los estetas.
Lo necesario o la foto,
donde se quedan los realistas,
idealistas. Este es el desierto
donde se piensa, se piensa
hasta que se cae la piel a tiritas
en la felicidad del pueblo.
Que es como un niño.
Es un niño. Imita
a su padre porque lo ama.
Imitando
al padre
se llega a ser adulto.
Este es el desierto sin música.
Sin maravillas. Este es el desierto
donde se piensa,
callado,
en los signos
de lo que hay que hacer.
No me jodas con Cristo.
Cristo no estuvo en un desierto como éste.
Podía divertirse con tentaciones.
No va a venir el diablo
disfrazado de modelo top
a ofrecerte tus deseos.
Acá el único deseo es pensar
y continuar pensando y empezar
a pensar.
Cocina. Verano.
Partido. Diario.
Un corazón seco.
El pueblo argentino está muerto.
No va a resucitar. Si resucita,
será otra cosa, no
el pueblo argentino.
La piel vieja tiene
que caer, caer, caer.
La mente piensa el viejo cuerpo
tanto como el nuevo, porque no le importa.
A la mente le importan tres cosas:
1) la felicidad del pueblo, que no es
este pueblo ni el viejo pueblo;
2) vencer; 3) estar tanto al principio
como al final como en cada segmento
anélido, mínimo, del tiempo.

Una experiencia moral
Dejemos de lado los dos años
de interregno cívico. Entre el peronismo y el peronismo
contemplé sonriente cómo la fiebre ética
medio se comía, medio se mezclaba a la rabia
por las vacaciones que ya no se podían solventar.
En Sociología aprendí a amar
la revolución entre carteles
y chicos de las mejores familias.
Soñé un tiempo con ser el Che Guevara,
sueño del que me sacó Lucrecia,
una mujer de diez, que me dió dos hijos
que son la luz de mis ojos.
Comenzaron las preocupaciones.
Una casa grande, mejores implementos.
Cavallo los proveyó. Y yo vi el mal
concentrado en un rostro, una pelada
bajo los focos del set. Voté por Chacho en las constituyentes
porque era necesario refundar la república
al margen del conturbenio bipartidista.
Y me encontré temblando por la eventualidad
de que el dólar se disparara.
Yo que veía en un espejo oscuro
me vi en una agua transparente:
con mis ideas, mi buena conciencia,
mis lecturas, mis sensibilidad social,
era un pequeño burgués.
Y cada ente quiere persistir en su ser.
De refilón, irónicamente,
el ministro y su presidente me proporcionaron
la más invalorable experiencia moral.
No obstante no los voté en el 95,
¿quién los votó?

Televisión
Y así en nuestra casa de lata
entró la modernidad de Kyoto.
Era reluciente y petrificante y nos daba
un aura de fosfeno suficiente
para que leyéramos en la noche las aventuras
de Carlitos Junior. Un artista de estos barrios
lo inmortalizó en verso y dio a la miseria
consuetudinaria un barniz de glamuor.
Nuestro pecado, para ellos, era querer vivir
como ellos, que no querían vivir como nosotros
pero sí gozar de un perfume moral que sus teorías
nos atribuían. Para despreciarlos no había más
que prender el televisor y disfrutar los sorteos,
las fiestas, las palmeras, los descapotables, los gatos,
los restaurants llenos, la música bailable,
los bailes, los bailarines, los grandes pechos,
los pechos enormes, los pechos
como globos aerostáticos y así
hasta que las velas no ardan y dale que va
que el radical resentido nunca nos va a ver
inundado o juntando cartón.
(De Novela elegíaca del peronismo, Vox, 2004)


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