Poemas por el día de la mujer

Compartimos algunos poemas por el Día de la Mujer. No queremos flores, queremos tu respeto, y así lo decimos:

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s/t – Flor Codagnone

Estoy fingiendo

que no te quiero,

que no me importa

la hoguera, la bolsa negra,

la asfixia terrena,

el vientre herido,

el residuo del residuo

en el que me convertís

cada vez que te molesta mi sexo.

Cada cadáver de mujer soy

cada cadáver de mujer, soy

cada falta, cada mujer que falta.

 


Ni muy trillado – Patricia González López

No me enseñaron a quererme

Me enseñaron lo que hay que hacer para ser querida
Me enseñaron a ser objeto de placer de lo contrario una inútil
Me enseñaron a ser deseada
a querer ser partida
Me enseñaron a mostrar las piernas
Me enseñaron que soy lo que disponga un grito de calle
Me enseñaron que la bondad es decir que sí
Que es un juego de minita decir que no
Me enseñaron que soy yo la responsable de la voluntad del psicópata
Me enseñaron a asumirme culpable de mi primera violación
que mi trauma es la absolución de la segunda
El hostigamiento no es tanto si el niño es sufrido
El violador es menos violador si el niño ultrajado
Que quizás un poco me guste el manoseo de tren
Si la violación es colectiva es porque quiero fiesta
Soy culpable del estado analfabeto
De la comicidad de algún funcionario virgen que no entiende
Del vaciamiento corporal de mi desvalorización
Soy culpable de la soledad estructural de mi alma
Soy culpable de haber aprehendido la sumisión como respeto
Soy culpable de la vergüenza de pedir ayuda
Quizás merezco sufrir quizás me merezco el bife
Algo habré hecho
La culpable soy yo la culpable soy yo la culpable soy yo
Por creer que no va a pasar
nunca más que se va a disculpar
Soy habitante de la falocracia
Me enseñaron venderme al mejor postor
que por lo menos me pague el café
que me de un techo que pague la cena
que me coja
que me traslade
que me quiera seguir cogiendo
que me quiera solo para él
que me cele, que me grite, que me parta, que me encierre,
me prohíba me sacuda que me mate
siempre por pasión.


 

Leona, Claudia Masin

Nunca fue el violador:

fue el hermano, perdido,

el compañero/gemelo cuya palma

tendría una línea de la vida idéntica a la /nuestra.

Adrienne Rich

Las mujeres enfrentamos en la niñez un pozo profundísimo, parecido

a los cráteres que deja un bombardeo, e indefectiblemente caemos

desde una altura que hace imposible llegar al fondo

sin quebrarse las dos piernas. Ninguna sale intacta y sin embargo

suele decirse que se trata de un malentendido, que no hubo tal caída,

que todas las mujeres exageran. Lleva una vida completa

poder decir: esto ha pasado, fui dañada,

acá está la prueba, los huesos rotos,

la columna vertebral vencida, porque después

de una caída como esa se anda de rodillas, o inclinada,

en constante actitud de terror o reverencia. Muy temprano el miedo

es rociado como un veneno sobre el pastizal demasiado vivo

donde de otra manera crecerían plantas parásitas, en nada necesarias,

capaces de comerse en pocos días la tierra entera con su energía salvaje

y desquiciada. Aún así, siempre quedan algunos brotes vivos,

porque quien combate a esas plantas que se van en vicio,

después de un tiempo ya tiene suficiente, de puro saciado se retira

del campo baldío y a veces les perdona la vida

y se va antes de terminar la tarea. No es compasión,

es como si una tempestad se detuviera

porque ya fueron suficientes las vidas arrebatadas, las casas reducidas

a una armazón de palos y hierros desplomados,

que aun restauradas nunca podrían volver a ser las mismas.

La compasión, claro, es otra cosa

que haber saqueado una tierra con tal ferocidad que lo que queda

está tan malogrado que ya no sirve ni como alimento

ni como trofeo de guerra.

En el corto tiempo de gracia antes de la caída,

las mujeres, esos yuyos siempre demasiado crecidos,

andamos por ahí, perdidas y felices, esperando lo que no suele llegar:

la compañía del hermano que no tenga terror a lo desconocido,

a lo sensible. No el hermano que pueda impedir la caída

sino ese capaz de caer junto a nosotras,

desobedeciendo la ley que establece

la universalidad de la conquista, la belleza

de la bota del cazador sobre el cuello partido de la leona

y de su cría. El hermano incapaz de levantar su brazo para marcar a fuego

la espalda de la hermana, la señal que los separaría para siempre,

cada cual en el mundo que le toca: él a causar el daño, ella a sufrirlo

y a engendrar la venganza

del débil que un día se levanta, el esclavo

que incendia la casa del amo y se fuga

y elude el castigo. El mal está en la sangre hace ya tanto

que está diluido y es indiscernible del líquido

que el corazón bombea: el patrón ama esto y el hermano lo sufre,

tan malherido como la mujer a la que él debería

lastimar. El dolor sigue su curso, indiferente,

y el pozo sigue comiéndose vida tras vida, y seguirá,

a menos que algo pase,

un acto de desobediencia casi imposible de imaginar,

como si de repente el cazador se detuviera justo antes del disparo

porque sintió en la carne propia la agitación de la sangre

de su víctima, el terror ante la inminencia de la muerte,

y supo que formar parte de la especie dominante

es ser como una fiera que ha caído

en una trampa de metal que te destroza lentamente

cada músculo, cada ligamento,

para que te desangres antes de poder escapar.


S/T – Natasha Deligiannis

Seamos miles de Cristinas, Evitas, Lohanas.
Seamos las que no bajan la cabeza y van al frente.
Seamos lo que el patriarcado no quiere que seamos, seamos fuertes y libres.
Seamos lo que queramos ser.
Lo demás no importa nada.


 

Esperanza un tres de marzo de 2016 – Pablo Campos
A Berta Cáceres

Una estrella se apaga
en una tierra
regada de sangre
llamada Esperanza
Hija
de una Honduras
rehén de injusticias
lucho
frontalmente desnuda
como única arma
Hoy sicarios
quisieron apagar su vida
regando de sangre su voz
No imaginaron que su grito
atraviesa balas
y se escapa
porque ya no es solo su grito
otros nos subimos a su grito
y lo mantenemos vivo
Una lagrima
viene desde Honduras
inundando America
es un grito
que prende en nuestros corazones
una llama de esperanza.

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