Un cuento en el Día de los Veteranos y Caídos de la Guerra de Malvinas

Hoy nos llegó a nuestro correo este cuento, fiel a la sensibilidad de este colectivo de escritores y a la fecha. Quisimos publicarlo para hablar de esa herida enorme que dejó la Guerra de Malvinas en nuestro pueblo, y especialmente en los veteranos y los caídos. Todo nuestro apoyo y reconocimiento a ellos. Continuaremos luchando como pueblo por la soberanía de las Islas, pero sin armas, porque la historia y la geografía nos acompañan.
Nunca más guerras, nunca más dictaduras. 5519ac19032cb_760x506.jpg

Foto: monumento a las Malvinas en Ushuaia.


 

ZAFARRANCHO, por Graciela Vuotto

Tengo gran fe en los locos,
mis amigos lo llamarían
confianza en mí mismo.
Edgar Alan Poe

Es una imagen conocida en el barrio, llega cordoneando por la vereda, coloca un pie delante del otro, pegando minuciosamente el talón de uno, al dedo gordo del otro.
Las botamangas de sus pantalones siempre salpicadas de barro, el resto impecable, camisa y corbata de la mañana a la noche, acompañados de una gruesa campera, en invierno y en verano.
Todos lo conocen por su sobrenombre: zafarrancho.
Los chicos le gritan, y zafarrancho corre de un lado al otro de la calle, de vereda a vereda, desesperado, cubriéndose la cabeza.
Zafarrancho no habla, dejó de hablar hace muchos años, sólo mira detenidamente sus manos, y se las limpia, con fuerza, como si quisiera quitarse la piel.
Tiene en su casa un jardín, allí siembra flores, flores hermosas, cada una tiene un nombre, Héctor, Orlando, Julio, escrito en prolijos cartelitos junto al cantero.
Zafarrancho no habla, dejó de hablar ya hace muchos años, quedó encerrado en el pasado, del cual no puede escapar. Preso del silencio después de escuchar aquellas palabras.
-Zafarrancho de siniestro – gritó el contraalmirante.
Yo, no diría que zafarrancho es un sobreviviente, creo que aún está allá, junto con sus compañeros, escuchando el estruendo de las bombas, que explotaban una tras otra contra en el crucero, tratando de salvar a sus amigos, aunque ya no tuvieran vida que salvar, tratando de respirar, a pesar del frío, que congelaba la sangre de sus venas.
En sus ojos, quedó grabada la estampa invencible del gran barco que se hundía lentamente en el mar, aquel 2 de mayo, con 323 almas, que ya no regresarán.

 

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