Dos poemas a Milagro Sala, presa política

Los siguientes poemas de Claudia Masin y Paula Jiménez España están publicados en la antología federal Poemas de la Resistencia, recientemente publicada. Los sacamos a la luz para que nadie se olvide que Milagro Sala, militante social de Jujuy, sigue presa, acusada y ultrajada públicamente como consecuencia del odio de sus detractores por la valiosa obra realizada con la Tupac Amaru en favor del pueblo jujeño. ¡Liberación ya de Milagro!

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Imagen: Diego De Luca.

Por Claudia Masin (Resistencia, Chaco, 1972). Es escritora y psicoanalista. Vive desde 1990 en Buenos Aires. Coordina talleres de escritura. Publicó los libros de poesía: Bizarría (Nusud, 1997), Geología (Nusud, 2001), La vista (Premio Casa de América de España en 2002, reeditado en 2011 en Argentina), Abrigo (Bajo la luna, 2007), La plenitud (Hilos Editora, 2010), el libro de fotografías y poemas El verano (Librería de la Paz, 2010),  La siesta (editado en México en 2015, será reeditado en Argentina este año). Se editaron dos antologías de su obra: El secreto, antología 1997-2007, (Librería de la Paz, 2007) y La materia sensible (Viajero insomne, 2015). En 2016 publicará La cura. Textos suyos han sido incluidos en antologías argentinas y de otros países, y han sido traducidos al inglés, italiano, francés y portugués.

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Una canción como esa
A Milagro Sala

En los pueblos anestesiados, adormecidos por un sol violento, cada vez
que llueve se levanta de las calles de tierra una nube de vapor, un humo viejo
que trae el olor picante de la pólvora vencida, disparada hace décadas
sobre cuerpos desarmados o en enfrentamientos desiguales
de cientos contra pocos, un humo que condensa el olor de todos los fuegos
encendidos a la noche, jornada tras jornada, mes tras mes, año tras año,
para asar la carne o calentar la comida que hubiera,
unos junto a otros reunidos alrededor del fogón como luciérnagas  
que se han ido apagando para dejar su brillo en una caja que otros construyeron,
sin agujeros por donde respirar porque no todos, se sabe, tienen derecho a la vida
y a la belleza. Es denso ese humo y es tóxico, y se nos cierra la garganta
cuando llega, porque guarda el olor corrosivo que se adhiere a los cuerpos
de tanto andar juntando los desperdicios que otros dejan, la basura ajena,
para seguir sobreviviendo. El olor de ese humo, a pobreza
y a miedo, a veces crece y crece y llega a las ciudades ricas donde apesta
más que nunca y hay que espantarlo con las manos como a un insecto.
No tiene historia, no duele, a nadie le pertenece ese olor cuando entra a las casas
y molesta, lo único que importa es apagarlo, taparlo,
hacer que vuelva a donde pertenece,
porque no se puede invadir la propiedad de los otros con la propia
miseria. Sin embargo es más grande todavía el desprecio y el asco
cuando esos hombres y mujeres un día se atreven a salir a las calles,  
a invadir el centro de ciudades que no fueron construidas para ellos:
aunque han venido de tan lejos, y están sucios y cansados, no traen
ese olor animal con ellos, no es pobreza ni miedo
eso que los circunda como un halo imposible y los protege
como una empalizada, como una fuerza torrencial y serena
que los sostiene con la delicadeza con que debe ser sostenido
algo que ha sido roto y recompuesto mil veces, algo a la vez infinitamente
poderoso y frágil, porque ha conocido la experiencia
de su propio derrumbe y ha vuelto. No es pobreza ni miedo,
no están vencidos porque vienen cantando, se los oye desde lejos, nadie puede
no oírlos, su canción tiene raíces tan hundidas en la tierra que a algunos
les toca el corazón, les hace nacer una alegría que no conocían, tan intensa
que pareciera que les rompe el pecho, pero en otros despierta
una violencia incurable y quisieran arrancar ese canto
y arrancarlos a ellos como a la mala hierba para que algo así,
capaz de transmitir una esperanza tan tremenda, no pueda propagarse
y contaminar a los demás, a los que bajan la cabeza y aceptan
porque no saben, no les han dicho, nunca han escuchado
una canción como esa. Que no existen los milagros es algo
evidente. Pero sí existen algunos –poquísimos- seres con el coraje, la terquedad,
la furia de insistir en lo que no se puede: caminan sobre el agua
o multiplican los panes y los peces
como si no estuvieran haciendo nada extraordinario, apenas lo justo,
lo que tenía que ser hecho. Una sola de estas personas
puede lograr que el mundo se ahueque como los ventrículos del corazón
enorme y violento de las fieras del monte, cuyo latido retumba adentro de la tierra
hasta que incluso los seres más mansos, más pequeños, lo escuchan
y entonces despiertan y escapan de una vez y para siempre
de su cautiverio.


Por Paula Jiménez España (Buenos Aires, 1969). Publicó: Ser feliz en Baltimore (Nusud, 2001), Formas (libro y cd junto a Valeria Cini, Terraza, 2002), La casa en la avenida (Terraza, 2004), La mala vida (Bajo la luna, 2007), Ni jota (Abeja Reina, 2008), Espacios naturales (Bajo la luna, 2009), Pollera pantalón/ cuentos de género (La mariposa y la iguana, 2012), La vuelta (Simulcoop, 2013), Las cosechadoras de flores (La mariposa y la iguana, 2014), Paisaje Alrededor (Bajo la luna, 2014), Canciones de amor (27 pulqui/ Vox, 2015), Nada llora (La mariposa y la iguana, 2015) y El corazón de los otros (México. Tabaquería, 2015). Sus textos integran numerosas antologías. Es periodista de Soy y Las 12, Página 12, y coordina talleres literarios desde el 2001.

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Pachamama

Yo no toco el cielo con las manos
pero camino la tierra pedregosa
lo seco del sendero incómodo, ondulado
por el que van los collas.
Los sigo como víbora ascendiendo
llevada por el viento dulce
de sus trombones.
Como la extraña que soy, la deslumbrada
me extasío ante la fiesta de sus ropas,
sus plumas, sus coronas.
Sigo la ronda de cerveza derramada
sobre la Pachamama, la ofrenda de embriaguez
con que esta noche
todos entramos al mundo del Espíritu.
Todos, aun yo
que no bendije mi sueño en la Apacheta
ni entregué mi tesoro
a la cosecha que nadie me enseñó a adorar.
Porque soy blanca
no sé más que mirar con ojo ajeno
la fanfarria que avanza en dirección al templo
erigido en Kalassaya
y copiado en la loma, entre las tunas
en la aridez del Alto comedero
por los bloqueros negros de Milagro,
“la flaca”, emponchados de ovejas y vicuñas.
Y al asomar el Inti
por detrás de los cerros
imito el gesto abierto de sus palmas
pero sus corazones son los que crepitan
apabullantemente vivos. Porque yo
soy blanca y extranjera
no toqué al animal sagrado ni veneré a los muertos
vestidos para subir con él, tampoco he visto
sembrar a Mama Quilla las semillas prolíficas.
Todo lo que renace y lo que muere
lo reciben sus manos
reflejo de obsidiana en el rayo
del amanecer. Porque soy blanca
disipé el oro del solsticio
que calienta el corazón de mis hermanos
Ni un día fui comida por el hambre
no fui esclava
el azúcar fue dulce para mí.
Por mis poros no pasan los secretos
del Inti porque él no confía en esta piel
que ha negado su influjo
el surco por el cual
entra el misterio como entra el amor
haciendo despuntar la flor de la humildad
de los guerreros. Veo las lanzas del dolor
a punto de volar
ya detenidas. La infinita paciencia
que al grito de ¡Jalalla!
le da vida otra vez al gran Tupac, víbora brava
que inocula justicia entre los dedos
de un Supay congelado en el invierno
que en el alba soy yo.

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