I ENCUENTRO DE POESÍA Y GÉNERO: “Poesía y género”, de Marina Mariasch

“Poesía y género”, de la escritora Marina Mariasch, es el segundo texto que publicamos de aquellos que se debatieron en la mesa sobre “Mujer, lengua y poesía”, del Primer Encuentro de Poesía y Género, realizado el pasado 2 de julio en el Espacio Cultural Nuestros Hijos (ex ESMA). Los difundimos con el objetivo de continuar debatiendo sobre el rol que ocupa actualmente la mujer en los distintos espacios de la vida pública y privada, las problemáticas que vive diariamente, la marginación en el mundo de la literatura y en las editoriales, entre otras cosas. Agradecemos a las autoras que nos dieron permiso para publicarlos.


Poesía y género

Por Marina Mariasch *

¿Existe una poesía femenina?

Existen una serie de marcas de lo femenino, que pueden rastrearse en los textos. Estas huellas no tienen por qué aparecer siempre o hacerlo de la misma manera. Ni tampoco, lo más importante, en la escritura de un sujeto femenino. Como también hay marcas de “lo masculino” en poesía escrita por mujeres.

Fina García Marruz hablaba de esta idea de “el cacharro doméstico y la Vía Láctea” como una metáfora para describir su propia poética. Como si el cacharro doméstico fuera una referencia de lo femenino: el mundo de la familia, lo doméstico y la casa. La Vía Láctea sería un símbolo de lo universal y, en última instancia, de lo masculino.

Escribir poesía no es solo transitar tropos y topos, leer y escribir, creo que además es discutir las políticas culturales hegemónicas y de los distintos sectores, las políticas editoriales tanto de los grandes monstruos que pueden inventar una colección separatista de chicas, o de las editoriales independientes que pueden publicar una antología donde hay una sola mujer. Como escritoras, por ejemplo, desde Máquina de Lavar –el colectivo que comparto con mis compañeras- pensamos por qué hay tanto consenso sobre determinados autores, o por qué a esta altura de la civilización, alguien puede preguntarse si hay escritoras mujeres.

Pensamos la sexualidad y el sexismo tanto en el terreno político como en las emociones y los afectos. La femineidad pareciera todavía que está mal vista. Por un lado están esos casos que más de una vez leímos: artículos o tuits donde la que escribía se disculpaba o aclaraba odiar “todo lo minita”.

Resulta llamativo como muchos de los planteos de décadas pasadas siguen teniendo actualidad. Incluso cuando por momentos el feminismo parece tener mala prensa, como si no persistieran desigualdades en la vida cotidiana misma, en todos los niveles. Ejemplos como que se adjetive con acepciones como “muy minita”, “conchuda” o “malcogida” y demás significantes aplicables solo al género femenino, son un índice transparente de que en la arena del lenguaje, donde se juegan las luchas históricas, algo sigue igual a pesar del largo camino de logros conseguidos.

Muchas poetas pensamos mucho sobre este fenómeno de apoderarse de una nominación impuesta con cierto sesgo peyorativo minita, puta o cualquier otro. Por otro lado, leemos a mujeres que se masculinizan (hablan desde la primera persona en género masculino, imitando la voz de un varón, por ejemplo). Es algo así como cuando las mujeres se masculinizan al o para ocupar puestos de poder. Son distintas operaciones que las mujeres lamentablemente todavía tenemos que llevar a cabo para hacernos valer, para existir. Algunas optamos por revalorizar nuestro aspecto femenino -lo que se asocia con el universo femenino, como lo doméstico, o lo personal / amoroso y familiar, temas como la maternidad o los contratos, sin que eso nos exima de pensar y escribir sobre el trabajo, la política, los espacios públicos.

Tenemos que trabajar en contra de que se naturalice la rivalidad entre las mujeres, cuando no hay rivalidad, las mujeres generamos un lazo solidario muy fuerte. Nuestras edades van desde los 20 a los 40 años. De todas maneras, no pensamos a la juventud como un valor sino como una circunstancia. Es improbable que la persona que hoy tenga 20 dentro de otros 20 años valga menos, como determina el capitalismo estético al que estamos sometidas. Esa persona va a ser más rica en experiencias y lecturas. Probablemente escriba mejor y sea más sabia. En cuanto a la belleza, es posible que se deba a la autenticidad, a la belleza de lo auténtico.

Incluso cuando fuimos pensando que ser mujer además de identidad, como dice Simone de Beauvoir, y construcción es una circunstancia. Pensamos en el “estar mujer”, como estar gay o estar varón, que son estados que a veces atravesamos.

Una mujer no es otra cosa que un constructo cultural de alteridad donde también caben l*s pobres, l*s viej*s, l*s migrantes, l*s negr*s, l*s discapacitad*s, l*s lgtbiq. Esto, estar flotando en identidades, es lo contrario al estereotipo.

Los estereotipos de cualquier clase son una condena porque son roles estancos. Otra cosa es jugar alguno de esos roles por momentos. Y puede ser tan peligroso el señalamiento y la remarcaciòn de los estereotipos como la utilización de lo que se supone es su contracara por parte del mercado. Como los jabones que venden “belleza natural”,  o revistas para mujeres que se venden como la alternativa a la típica revista para mujeres.

Este sistema se sostiene porque hay una base de consenso cultural, del que formamos parte también las propias mujeres, el segregacionismo entre mujeres, los mandatos de la sociedad machista reproduciéndose en el seno del propio género. Y muchas veces en nombre de una defensa que termina resultando falsa, contraproducente. Como criticar a una chica si se presenta en un concurso de belleza o si quiere ser modelo sin tener consideraciones sobre sus recursos, su clase, sus metas. El yugo del estereotipo dispuesto a etiquetar y lapidar.

Hay algo de lo literario, incluso más en lo poético, que puede ser entendido como un acto privado o individual. Algunas poetas pensamos la escritura como un hecho colectivo, una manera de activismo, no sólo porque escribamos en un grupo sino porque creemos que la literatura tiene incidencia no sólo en las subjetividades sino también en la escena cultural, y de ahí en la sociedad. Pero nuestro trabajo es con la palabra. Creemos en la palabra y nos preocupa cómo funciona eso más allá del poema. Por ejemplo, qué pasa si una mujer dice que fue violada. No alcanza, tiene que ser sometida a pericias, su cuerpo vuelve a ser invadido. O para tomar un caso concreto, los testigos del caso Marita Verón, cuya palabra no contó como prueba y por lo tanto los detenidos fueron absueltos.

Nuestra herramienta es el lenguaje, casi como un arma. Trabajamos nuestros textos en el nivel de cada palabra, cada ritmo, cada tema o idea. Y pensamos  la poesía en el nivel de la acción, nos interesa movilizar, llegar a las personas que nos leen. Por eso hay lirismo, porque la poesía política puede volverse rápidamente panfletaria, rellenarse con slogans de campaña.  

Está lleno de buenas poetas. Hay grupos de poetas mujeres uniéndose para pensar la escritura. Hay debates que surgen cada tanto, donde algunas veces el de la mujer es un lugar minoritario. A veces la literatura escrita por mujeres puede tener mayor recepción y aceptación en voces que son menos distorsivas. Más confortables o reconfortantes.

No hay nadie que no quiera un “me gusta”. El problema es cuando en la búsqueda de la aceptación se pasan por alto las ambigüedades, las facetas.  Nosotras no perseguimos la búsqueda de estereotipos, de voces o personajes acabados, de visiones de mundo planas, sintetizadas. Hasta un estereotipo como puede ser un rolinga, un intelectual, una estrella de rock, una figura mediática, ama, pierde, sufre decepciones, gana, vota. Nosotras no podemos escribir como varón o elidir tópicos femeninos para entrar en el juego, ya sea en un poema o en una nota para un suplemento. No estamos dispuestas a pagar ese peaje. Somos lo que se ve y preferimos que no queden dudas sobre nuestra posición o sobre tal o cual cosa.  

¿Hay temas femeninos? No sé. Puede que haya temas que surjan más seguido en nuestras discusiones, escribimos desde lo que nos hace ruido, nos hace pregunta, no sólo lo femenino aunque es unos de nuestros temas, porque somos mujeres, porque somos feministas y esto intersecta terrenos como la política, el arte, la economía, el poder, el dinero. Qué hacemos para avanzar sobre la legalización del aborto, que de cualquier manera es un tema de todos.  Sin embargo, existe un lugar o unos tópicos que están asignado a la mujer en la poesía contemporánea. Si somos sinceras, hay algunas ambigüedades. Porque uno está seguro de algunas cosas pero no de todas, a veces oscila. Por ejemplo, cuando trabajamos todo el día y terminamos agotadas en algún punto soñamos con ser amas de casa y poder quedarnos en casa escribiendo ¿no? (el verso dice “vas a pensar que hago cualquier cosa por tener/ mi bebé, ser mamá y cumplir el sueño/ de escribir poemas de ama de casa”). Ese poema, un poco antes dice: “si quedo me lo quedo si quedo/ me lo saco”. Es la duda antes que la certeza. La duda nos permite pensar, darle vueltas a un asunto. Igual, por supuesto, hay principios sobre los que no tenemos dudas.

Si me invitaran, no participaría de una antología donde soy la única mujer en un recorte de década. Si estuviera presente, armaría escándalo cuando en un centro cultural se debate sobre la nueva poesía y de entre todos los autores que nombrados no hay ni una mujer.

Elegimos creer en la fuerza de los lazos de género, en la complicidad de género o de minorías, sin ellos cualquier tipo de organización y logros vuelven las resistencias mucho más difíciles.


Marina Mariasch nació en Buenos Aires en 1973. Publicó los libros de poesía Coming attractions (Siesta, 1997), XXX (Siesta, 2001), Tigre y león (Siesta, 2005), El zigzag de las instituciones (Vox, 2008) y la nouvelle El matrimonio (Bajo la luna, 2011), entre otros.

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Foto: Majo Malvares.

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